Cosas del fin de semana

Pasar el fin de semana en San Juan no es la excusa perfecta para decirte que quiero volver a tener sexo contigo, aunque lo mejor y más correcto es decirte que prefiero intercambiar contigo las experiencias y los debates de las letras y los libros que tanto tiempo nos ocupa, más cuando está en el futuro cercano tu poemario que se parirá a gusto de todos tus lectores. Por eso intercambiar las experiencias carnales entre cafés y borradores de servilletas es un buen reclamo para pasar por San Juan con mas alegría que pena.

Y digo lo de pena porque aún es visible la devastación del Huracán María y la lentitud de un gobierno por sacar adelante muchas partes de la Isla de Puerto Rico del caos que se ha convertido, parece que sólo la zona para los Vips interesa para dolor del pueblo llano, aunque no voy a hablar de política que luego me tildan de revolucionario por poner en entredicho la labor de la todopoderosa mano que mece las playas puertorriqueñas desde el continente norteamericano.

Así que vuelvo a las alegrías esas que nos hacen sudar en la arena fina, a destapar el objetivo de la cámara entre tus curvas y calas, islotes y humedades, baches interminables en volúmenes inaceptables de música infumable donde, un momento, que coñ… hablamos de hacer el amor o de lo que rodea tu mundo, hablemos del amor que para todo lo demás ya existe el copyright.

Así que otro fin de semana más me entrego a ti, de manera virginal, esa que tanto te gusta después de un misionero sumiso, como cuando te comes el donuts y dejas el agujero para el final, lo sé, es un desastre el tener que buscar la manera de salir volando hacia tus brazos y que no tengas el bate de béisbol preparado cuando salgo corriendo saltando de tu ventana para no olvidarme como se hace eso de escapar de tu cama sin que nadie me persiga, bueno o que el avión no se marche sin mi al olvidarnos de las horas cuando me atas a tus sábanas.

Y aunque ayer llovió de lo lindo en San Juan para limpiar muchas almas me quedo con el ruido del ventilador de tu habitación que de manera simbólica nos acompaña en las escapadas que nuestras mentes y cuerpos de manera cariñosa se ladra la una a la otra. Por cierto un ladrido es si, dos ladridos es no. Hasta más ver.