El ser de peste

Cuando llega la noche mi cuerpo se transforma, deja de ser aquella masa profanada por las opiniones y se convierte en un viaje más allá de mi propia consciencia, liberando las cadenas de un terreno pantanoso llamado realidad. Yo no soy nada y partiendo de ello puedo creer que alcanzarlo todo es más fácil pues nadie repara en mi, me ignoran por ser un ser olvidable y rechazable, de esos que no destacan cuando caminan por la calle.

Nadie hará muescas de mi en su cama, ni presumirá de tenerme en su agenda, la invisibilidad que me da ser algo por debajo del estándar que todos proyectan y quieren para ellos mismos y los demás me ausenta de toda mirada o acercamiento. Soy como dije una masa pensante que como el viento no se ve y cuando se siente normalmente molesta. Pero uno a lo largo del tiempo se acostumbra a que ser uno solo para sí es más de lo que jamás había aspirado a tener, todo un logro.

Nadie vendrá a mi entierro cuando muera, un perro callejero tendrá más honores y recuerdos llegado el día, pero no busco una solución a la pena ni que el karma me despeje en la próxima vida, total ya lo sabemos, después no hay nada y a nadie tienes que justificar tus miserias, ni las riquezas de aquellos les servirá de mucho, nadie tiene enchufe con la muerte, ni los que se criaron con ella los tienen.

Ser un monstruo no es fácil en la edad moderna, donde todo incluso la más pequeña imperfección se retoca o se opera para ser un top, yo en mi despreciable existencia no hago gasto en la belleza, no me arreglarían ni reconstruyendo con cera todo mi cuerpo y además ¿para qué?. Total ya tengo callos de tanto arrastrar mis genitales por la acera, que no se vayan a pesar que me los agarro bien para marcar paquete, que total en mi mundo salvo las criadillas de cerdo de mi no se aprovecha nada, a buen ver siglo XXI.

He muerto perdido entre mis lágrimas

He muerto perdido entre mis lágrimas y no me da vergüenza decirlo, me he muerto. He pasado de la alegría a la tristeza y de la tristeza a la pena que es más enrevesada y dolorida, y sin embargo ¿cómo sigo aquí?. A veces sonrió con una mueca perdida pues no sé qué significa estar muerto en vida. Pero eso es lo que estoy y grito, grito con tanta fuerza que el mundo deja de dar vueltas sobre mí, y pienso que es injusto no parar de gritar hasta que el dolor salga por completo de mi interior y me libere, me deje ser nuevamente un ser humano al cual se le arrebato las ansias de vivir. Me he muerto pero puedo sentir y te veo a los ojos muerte y ¿sabes que pienso?, si no has podido conmigo, únete a mí, pasearemos juntos de la mano por las oscuras veredas del sentimiento inerte por siempre jamás.

DESEÁNDOTE

Tu sonrisa te delata cuando te cruzas con mi mirada, cuando otorgas en el silencio de tus palabras el deseo más ferviente de tu corazón, de tus pechos desnudos, del calor de tus muslos contra mi cuerpo. Entre tu abrazo cálido, de labios húmedos, de palpitar fuerte, de orgasmo en orgasmo de la mente dispuesta en tu sexo, en la caricia de tu melocotón más sabroso, más dulce. Provocando sensaciones que tu sonrisa me enseña, me registra a fondo para que entienda que me posees, que te poseo, que hacemos el amor entre cristalinas marismas del conocimiento, del placer más salvaje como gotas de agua sobre tu pelo, tan húmedo, húmedo como todo lo tuyo, como excitado lo mío, juntos, demasiado e inseparables, hasta agotar nuestras energías entre gemidos.

Mi entorno…

Cuando pienso en ti cosquillas recorren mis venas, es como un placer que me hace olvidar todo lo que hay en mi alrededor. En esta cueva donde la luz del sol marca las horas de mi vida, los amaneceres y atardeceres donde ahora se ha colado tu voz para reorganizarme mi agenda a tu propia voluntad. Donde con tu alegría las arañas y pequeños ratones que me acompañan se han ido de vacaciones para no molestar, te has elegido por mayoría absoluta la dueña de mi mundo perdido de la mano del hombre.

Ante el revuelo que creas entre los jilgueros y gorriones con tus ojos verdes, hasta el águila y el cernícalo se han tomado un descanso, para que los cánticos no sean un enjambre de plumas cuando en tu pasear por el sendero los vas dejando que se posen en tus dedos, los invitas contigo a caminar, mientras yo desde el alto dejo volar mi imaginación. Sintiendo como tu felicidad cambia por completo el entorno agreste y rudo, donde mi cuerpo ha decidido fundirse para sentirse mejor, como un bálsamo del curandero del río gafos, como la pócima de la bruja de San Cibrán.

Y se dibuja una sonrisa en mi cara castigada por el tiempo, abatida en mil batallas, curtida por el frío y la dureza de una almohada solitaria, una cara que acaricias con ternura mirándome a los ojos fijamente aprobando con ello lo que sientes, lo que siento, dejando que el tiempo no tenga más valor que el que queramos darle, porque ya no vale de nada mirar atrás.

Posdata: Hubo un tiempo donde mi cueva tenía una telaraña en la puerta, hoy hay una alfombra que pone: Bienvenida a casa.