Chiqui

Chiqui es una muñeca, con el pelo largo de lana de color rojo, su cabeza es desproporcionada a su cuerpo de algodón, pero es en el mundo de las muñecas, hermosa y de buen gusto para quién guste de adoptarla. Su vida estaba colgada en un escaparate y todos los días hiciese sol o lluvia veía pasar a la gente, que por desgracia no reparaban mucho en ella.

Un día una niña de grandes ojos claros y vestida a la última, más pija que la Hilton, reparó en ella y se encapricho hasta el punto de montar el berrinche de su vida para que sus padres se la comprasen. La niña apodada por sus amigas como “la repelente” siempre se salia con la suya, por activa o por pasiva sus maneras a pesar de no llegar a los diez años de manipular a sus progenitores era digno de una tesis.

Al llegar a casa y con su nuevo capricho sobre su cama, la niña se imaginaba los buenos momentos que iba a pasar con su reciente adquisición, una sonrisa maligna a pesar de su corta edad se dibujaba en su cara, con su libreta de apuntes y un lápiz escribió una lista de todas las cosas que iba a hacer con ella. La lista en todo su conjunto era un desafío en toda regla.

Lunes: cortarle el pelo a Chiqui.

Martes: como está muy rellenita abrirla y quitarle algodón.

Miércoles: maquillarla y probarle los vestidos de las otras muñecas.

Jueves: sacarla de paseo con el carrito de bebé al parque para que la vean.

Viernes: meterla en el microondas para que se ponga morenita que está muy blanca y parece enferma.

Sábado: operarla de todo aquello que no me guste.

Domingo: como ya ha pasado una semana, ya no es novedad, decapitarla y tirarla a la basura, hurgar un nuevo plan para que el lunes me compren otra muñeca.