Costumbres

El tren llego puntual a la estación de Urzáiz, al fin la alta velocidad valía para algo, acercarnos de manera rápida y casi sin enterarte del viaje, al fin de cuentas llegar fresco es la mejor receta para quedar con alguien o hacer tu trabajo. En este caso como las últimas veces el viaje era de placer, ver a la pareja siempre es un momento de inmensa satisfacción.

No me hizo falta coger un taxi, el hotel estaba casi al lado, a unos quinientos metros más o menos y ya habíamos hablado de quedar en la puerta del mismo para registrarnos y pasar el fin de semana juntos, como tantas otras veces, una rutina maravillosa que nos relajaba lo suficiente para afrontar los días entre semana separados.

Y allí estabas, con tu top azul que dejaba volar la imaginación y tu pantalón vaquero más corto que mis bolsillos con una gran sonrisa, levantando tus manos. Como si no supiera desde bien empezada la calle que estabas esperando, es inconfundible tu belleza destaca sobre todo lo que te rodea. Como tampoco era raro adivinar que al llegar a tu altura me abrazaras con tanta fuerza que cualquiera diría que llevabas sin verme años, lo de los besos mejor me lo guardo por si algún transeúnte se escandaliza.

Registrados y con la tarjeta de la habitación en mano, subir para dejarlo todo de cualquier manera y lanzarnos en un desenfreno de lujuria era tan obvio que la ropa empezó a volar por todas partes, las vistas a la ría de Vigo era el marco perfecto para un desahogo de una semana sin poder tocarnos, sin esos momentos de intimidad que tanto deseamos. No es destacable que todo lo que pasó durante el fin de semana era un calco de los otros. Amor (vale, sexo), comer ( o como se dice reponer fuerzas) y así hasta cerrar el bucle, ese que me devolvería a la estación.

Suena el despertador, ya es lunes.