Mi entorno…

Cuando pienso en ti cosquillas recorren mis venas, es como un placer que me hace olvidar todo lo que hay en mi alrededor. En esta cueva donde la luz del sol marca las horas de mi vida, los amaneceres y atardeceres donde ahora se ha colado tu voz para reorganizarme mi agenda a tu propia voluntad. Donde con tu alegría las arañas y pequeños ratones que me acompañan se han ido de vacaciones para no molestar, te has elegido por mayoría absoluta la dueña de mi mundo perdido de la mano del hombre.

Ante el revuelo que creas entre los jilgueros y gorriones con tus ojos verdes, hasta el águila y el cernícalo se han tomado un descanso, para que los cánticos no sean un enjambre de plumas cuando en tu pasear por el sendero los vas dejando que se posen en tus dedos, los invitas contigo a caminar, mientras yo desde el alto dejo volar mi imaginación. Sintiendo como tu felicidad cambia por completo el entorno agreste y rudo, donde mi cuerpo ha decidido fundirse para sentirse mejor, como un bálsamo del curandero del río gafos, como la pócima de la bruja de San Cibrán.

Y se dibuja una sonrisa en mi cara castigada por el tiempo, abatida en mil batallas, curtida por el frío y la dureza de una almohada solitaria, una cara que acaricias con ternura mirándome a los ojos fijamente aprobando con ello lo que sientes, lo que siento, dejando que el tiempo no tenga más valor que el que queramos darle, porque ya no vale de nada mirar atrás.

Posdata: Hubo un tiempo donde mi cueva tenía una telaraña en la puerta, hoy hay una alfombra que pone: Bienvenida a casa.

Sentimientos de una juventud

Nada podía detener el gélido frío del invierno, las flores que semanas atrás personificaban los campos ahora estaban palideciendo y sufriendo un envejecimiento cruel. Los cauces de los ríos que bajaban de las montañas sueñan con esa fina escarcha que los cubra y les de descanso, todo esto bañando un pequeño poblado a las orillas de un precioso lago.
El pueblo se llamaba “Brisa” y en conjunto no eran mas de trescientos habitantes dedicados en su mayoría a el arte de la pesca y de la agricultura dependiendo la época del año y las crecidas del lago llamado “Serenidad”.
Pero la verdadera historia no está en torno a las gentes de ese pueblo sino en una sola familia, de campesinos pobres, demasiado pobres para aguantar el duro invierno. Donde el pan de maíz entraba una vez a la semana y siempre escaseaba la leche de las cabras con la que hacer el trueque por otros alimentos, muy duro para los cinco miembros de la familia, unos padres de tres jovencitas por las que tenían que trabajar de sol a sol, ellas eran Lucia, Ana María y Verónica.
Sus vidas eran agobiantes pero el sacrificio de la familia nunca llego al extremo de pedir limosna. Ana María era la más joven de todas ellas y también la mas débil pues nada mas nacer la desnutrición estuvo a punto de llevársela por delante. Su madre nunca tuvo especial esperanza en ella y por su vida pero con los años fue creciendo y aunque delicada su sencillez la hacia única.
Ana María era muy solitaria y no le gustaba compartir los juegos con sus hermanas, le encantaba perderse por la naturaleza y encontrarse a si misma en ella, a veces una simple mariposa ya robaba su interés durante horas. Le encantaba pasear a las orillas del lago y tumbarse en el campo como solía hacer tantas tardes y noches después de sus tareas en la casa.
No llegaba el alba ni tampoco deseaba lo contrario, estaba tan bien observando el cielo que Ana María inundada por completo por un mar de estrellas se relajaba soñando en tiernas secuencias de su vida, instantes pasados, pensando en el presente e imaginándose con una sonrisa un futuro que si por ella fuese lo pasaría tan cual estaba en esos momentos, acostada en el campo cerca de la orilla del lago Serenidad.
A veces las lagrimas rodaban por sus preciosos ojos, tan dulces y se decía ella misma que cuantos pensamientos profundos tenia que tener a la espera de lo eterno, cuanto agobio tendría que sufrir en instantes tan puros, tanto como la escarcha que llegaba. Se decía porque tanto derroche de almas, que mundo sin corazones ni piedades compasivas, ponerse a soñar en mil batallas libradas suspirando entre sabanas y es que Ana María era de una ternura sin limites, tan guapa como una gota de agua con el único defecto de amar sin limites a la naturaleza pero aún más increíble cuanta ternura pueden desprender sus labios, cuantos momentos dulces puede ofrecer sin partir el corazón y sin seducir solo para hacer sufrir.
Ana María era una joven que odiaba a los mentirosos, ya que creía que no hay nada mejor en este mundo que la sinceridad, se sentía tan incomoda cuando tenia que mentir que solo por necesidad se veía obligado a ello, por debilidad.
Muchas veces Ana María discutía con sus hermanas porque ellas le decían que este mundo no había cabida para las románticas, sin embargo ella les decía que se equivocaban y que tenia la certeza de que había muchos que sufrían, lloraban, reían y se enfurecían por sus principios, por su comprensión humana, por su vulnerabilidad a las burlas de los demás. Sus hermanas la llamaban loca cuando ella se explicaba de este modo aunque en el fondo la comprendían en silencio.
Para Ana María el romanticismo era una cosa muy importante ya que prefería un cielo salpicado de estrellas con su luna llena y pensar sus deseos a la caída de una estrella fugaz, a un cielo encapotado, negro y sin horizonte. Siempre quiso hacer comprender que en realidad la amistad valía mucho para ella, tanto como pasar buenos ratos, intercambiar información, para aprender y enseñar, para que las cosas fueran mas claras y bonitas, para que así saliese una amistad pura y real, porque para Ana María todo era una cadena, primero el roce, luego la atracción, después la amistad, y por último notas un cosquilleo por el cuerpo, un vuelco en el corazón y la sonrisa sale sola de los labios, sin forzarla, era momento del amor, al menos Ana María lo sentía así.
Llegaron con los días las lluvias y eran constantes convirtiéndose todo en tristeza, pero Ana María nunca dejaba de ir al lago a soñar y soñar. Aquella noche se quedo dormida en el campo sin más abrigo que lo puesto, al despertarse extrañamente el sol brillaba azul, el canto de los pájaros se fundía con la brisa fresca. Las aguas del lago dormían en su mecida calma, en un sueño infinito de mármol, cobre y carbón como juego de mil naipes. Mañana cálida, luminosa de sabor dulce. Parecían verse, flotando entre la transparencia del cielo ruinas de castillos acristalados, eternos.
Y allí, junto el lago, creándose a si mismo desde una roca en armonía con el paisaje silencioso, él.
Y para Ana María su presencia le parecía como las lagrimas de las estrellas ocultas bajo la mirada de la diosa luna que se deslizan dibujando su perfil, en su esfera de pleno día. Como el rocío descomponiéndose en gamas de colores rodeado por ese sol de la mañana. Ana María sorprendida no pudo mas que observar atónita como se movía con media sonrisa tan pálido.
No dejaba de repetirse a si misma que lo que había visto era un ángel pero se negaba ante lo real, enamorándose de él de tal manera que no entendió esa sensación tan extraña, en su cuerpo estremecido y sus deseos de volver a verlo.
Cuando llego a su casa le comento a sus hermanas el día tan hermoso que hacia pero pronto fue recriminada porque estaba empapada y no había parado de llover en todo el día, Ana María confusa se fue a su habitación empezaba a pensar que su juicio se estaba perdiendo. Pero en el fondo de su corazón sentía que todo lo que había vivido era real, que no era una fantasía, que era imposible soñar algo tan hermoso que la llenaba con esa sensación de amor inimaginable de otro modo.
Tan pronto pudo volvió al lago y no paro de pasear esperando verlo, se había llenado de valor para hablarle pero todo fue en vano desesperándose, temiendo a su propia mente, le invadía la agonía y se juro que volvería al día siguiente, los que hiciesen falta hasta volver a verlo.
Los días iban pasando y siempre antes de despuntar el alba Ana María salia de casa camino del lago, y poco le importaba la lluvia y el viento, nada la detenía, tenia que volver al sitio donde lo vio por primera vez, nadie lo impediría. Empapada dejándose caer sobre un árbol muerta de frío se negaba a volver, tosiendo con la tez blanca pero llegando al final de sus esperanzas de verlo, quería morirse allí mismo. Lloraba.
Una voz sonó detrás de ella.
  • Jamás me atreví a decirte que observaba, que te deseo desde que he seguido tus paseos.
Ana María: ¿quién eres, dónde estás?
  • Estoy a tu lado dándote calor y cobijo.
Ana María: ¿como te llamas?
  • Me llamo Gaia Ana María
Ana María: Sabes mi nombre.
  • Lo se desde hace tanto tiempo que me pierdo en los días, en las semanas y años.
Ana María: Ayer cuando te fuiste, cuando te perdí como un sueño, hubiese preferido morir si no te volvía a ver, empezaba a creer en mi locura.
  • Cada vez que te ibas y dejabas el lago sentía que me partía en mil pedazos, me agrada tenerte en mis brazos, en todo mi ser extendido por donde te recreas con tus pensamientos.
Ana María se sonrojo y dejo que Gaia hablase…
  • Jamás me atreví a decirte que te amaba en toda mi extensión, de pedirte que te quedaras conmigo para siempre, de tenerte siempre cerca de mi y que hicieses firme tu compromiso conmigo, con toda mi naturaleza, con tu respeto hacia mi, pero nunca tuve el valor de enseñarme hasta ahora, de decirte que llevo milenios solo luchando contra tus semejantes y si quieres, si deseas, te ofrezco la unión conmigo, eternamente.
Ana María empezó a llorar, su mano empezó a acariciar lo que iba a ser su primer día juntos y su ultimo día de soledad, ahora tenia el valor suficiente para dejar toda su vida atrás y gritar a los elementos que le amaba, amaba a Gaia, amaba lo que representaba, fundiéndose en un beso apasionado, quedándose para siempre como una esencia de la madre Tierra.

 

Matrimonio

Te he pedido matrimonio

y matrimonio me has pedido

tu me has dicho si quiero

si quiero te he dicho.

Un compromiso en el tiempo

del tiempo para una vida unidos

como sentimos nuestros corazones

esos corazones que laten juntos.

Y aunque no existe más fuerza

que el amor verdadero 

en pareja no importa papel

o contrato ya que es para siempre.

Para siempre y como nunca

de los seres que se aman y quieren

que el tiempo se detenga por siempre

y los envuelva dichosamente.

Carta abierta a mi pareja imaginaria

Amor mío:

Te escribo esta carta de manera abierta, para darte las gracias por todo lo que estás haciendo por mí. Por la paciencia que tienes con mi enfermedad y lo que tienes que aguantar en mis momentos de debilidad, de lágrimas y dolor, de rabia por no poder ser todo aquello que plenamente fui y ahora he quedado en un espejismo de todo aquello, resignado a la suerte de ver como muchos días mi cuerpo me vence y a pesar de ello, tú estás ahí dándome todo tu cariño y amor, abrazándome y dándome tus palabras de ánimo sin despegarte de mi lado y eso cariño es lo más bonito que una persona ha hecho por mí.

Se que mi vida no es fácil, que tengo que luchar mucho para mantener un orden en mi día a día y sacarte esa sonrisa tan hermosa que tienes con mis ocurrencias, con mis palabras, con todos esos deseos que comparto contigo, que hacemos juntos, es completamente increible. Por eso el darte las gracias se me hace un acto pequeño, porque te mereces un monumento, te mereces una montaña o incluso un planeta que lleve tu nombre, te mereces tanto y más porque tu corazón es pura bondad, ayudándome con todo tu amor a que tenga unas horas de paz en mi calvario, a que amarte como te amo sea a tu lado momento de celebración y de felicidad porque me haces olvidarme de esas cosas que me hacen daño, ¿cómo no voy a quererte si has renunciado a muchas cosas por mi?.

No quiero extenderme mucho, porque como sabes hoy mis fuerzas tambalean y la poca energía que me queda la estoy usando para escribirte esto y dejarte en esta carta toda mi admiración hacia ti, todo mi cariño y agradecimiento, porque eres lo más grande que en mi vida ha entrado para quedarse y para hacer de mis pesadillas unos dulces sueños.