Deseos, a flor de piel.

Llegué a tu casa en medio de una tormenta impresionante, el viento hacía más difícil caminar por la calle pero alcance el timbre de tu portal mojado hasta la médula. El viaje de Pontevedra a Vigo fue un suspiro, en el tren de alta velocidad casi no me dio tiempo a pensar que te iba a decir, como recordarte que quería verte porque tenía una necesidad imperiosa de hacerte el amor, de sentirte y que me sintieras en lo más profundo, en lo mas ardiente de nuestros cuerpos.

Me abriste el portal con prisas, sabedora de que estaba calado y sin terciar palabra empezaste nada más cerrar la puerta de tu casa a desnudarme con prisas, casi arrancando la ropa mojada y dejándola por el suelo sin tomarla en cuenta. Acabamos desnudos en un suspiro y tus labios empezaron a dejar mi piel con la sensibilidad a punto de caramelo, sabedor de lo que podíamos hacer, conocedor de que todo lo que venía pensando en el tren ya no valía de nada, me estabas comiendo en vida, querías sentir como te penetraba con la misma fuerza de la tormenta, como el ruido que el viento hacía al golpear las persianas.

Por unos instantes me faltó el aire, mi lengua buscaba tus pezones, tu ombligo, tu sexo húmedo que llenaba de fantasía mi mente, la tuya. Dos seres en igualdad de condiciones buscando ese orgasmo como un cataclismo, como el volcán que llenase las sábanas de sudor, de excitación, de todas esas ganas que nos habíamos guardado. Sin medir el tiempo, sin desperdiciar las caricias, aprovechando todos los segundos dando placer y rienda suelta a nuestro amor, a vivir la vida.

No hace falta pensar en lo que será otro día, una vez que unidos nuestros cuerpos, conjurados en un solo ser, el tiempo solo será una metáfora de todo aquello que estará por venir.