El dia que yo me hice mayor

Cuando a mis once años, me perdí en los cálidos brazos de una noche de San Juan, entre las hogueras y la sensualidad de las meigas a la media noche, con el ruido de los trasgos entre la hierba y los suspiros de las estrellas en mis labios, se me quedo grabado ese instante para toda mi vida y nunca lo he podido olvidar. En esos momentos la dulzura del fuego con sabor a sal añejo, con el olor de las sardinas asadas y la orquesta tocando de fondo en la barriada, hacían que todo fuese un poema libertario, con la enseñanza gratuita de que cada fluido devuelto a la tierra te sería recompensado con el mayor de los placeres, con la mirada sincera y agradecida de la acompañante que te servia el licor de la vida y ese segundo único que se tiene tan pocas veces a lo largo de los años, ese segundo de paz y donde el corazón realmente se detiene para dejar oír otros palpitos, otros sonidos en la noche que se llevan la infancia para siempre, dando paso a la madurez temprana con una francesa seis años mayor que yo que me enseño el amor, a un largo recorrido por una vía donde la edad es solo una cifra que no corresponde con la realidad. Una noche de San Juan donde los elementos y las meigas buscaban almas errantes donde habitar, me encontré tumbado en la naturaleza haciéndome mayor.